Pese a que suele considerarse algo moderno y que muchos de los que los llevan intentan por todos los medios destacar sobre los que no, lo cierto es que el uso de Mp3 o de dispositivos portátiles de música no es algo nuevo. Hace décadas, el walkman y después el discman, llenaron las calles de las ciudades de amantes a la música, y pese a que la forma, soporte y sobre todo la duración de este tipo de dispositivos (en cuanto a batería, por ejemplo) era muy limitada, lo cierto es que el fenónemo “música en la calle” no es algo nuevo.
¿Quién no recuerda los viejos “loros”? Esos radiocassetes, a menudo de doble pletina de cinta, que venían dotados de unos poderosos altavoces (y a veces no tan poderosos) y que llenaban las calles de música de todo tipo, “despertando” a veces literalmente, al vecindario, a un fenónemo cultural para unos, simplemente ruidoso para otros.
Por eso no deja de tener gracia el aire de modernidad con el que muchos adolescentes llevan el móvil o el mp3 con altavoces a todo volúmen, tratando de caminar con su música a todas partes y tal vez creyendo que al hacerlo, marcan tendencia o llevan a cabo un comportamiento “nuevo y diferenciador”. En absoluto, esa tendencia es tan antigua que incluso sus propios padres la recordarían, y de hecho, hay un dato que lo hace, en efecto, diferenciador.
Antes, el nivel técnico y sonoro del aparato “portatil” era mucho mejor. Los altavoces de los teléfonos móviles o los diminutos y “latosos” altavoces portátiles, jamás podrían competir en volúmen y calidad con los que solían llevar los viejos “loros” (para desgracia de los que por aquel entonces amaban la siesta).
No es objeto de este artículo hablar sobre la conveniencia o no de este tipo de prácticas, sobre si molestan o no a los vecinos y a los que por la calle caminan… pero sí aclarar que no todo lo que hacen los adolescentes es moderno, y que no todo lo que unos y otros se imiten es, tendencia.